En un bar del Midwest

Hablo de una calle cualquiera de una pequeña ciudad en mitad del Midwest americano, por ejemplo en los estados de Nebraska, Iowa o Dakota del sur.

Es el atardecer de un día entre semana y la calle está tranquila y solitaria y yo decido entrar en un pequeño bar. Aquel lugar no está muy bien iluminado —algunas lámparas están fundidas—, hay una enorme barra de madera y en la pared opuesta un televisor al que nadie hace caso donde tienen sintonizadas las noticias de la CBS.

Una camarera cincuentona, que en sus tiempos mozos debió ser un bombón pero que ahora está arrugada y vieja, me atiende llamándome love o sweetie cada pocas palabras.

Un par de tipos de aire fiero, pelo largo y tatuajes que sobresalen bajo el cuello de sus camisetas se sientan en la mesa más apartada de la cristalera de la entrada. Parecen moteros llegados de algún otro lugar sin nombre y tienen un aire taciturno, como de deuda no saldada, o quizás sea una deuda que se acaban de cobrar.

Hay un hombre calvo y con sobrepeso cuyas gafas aumentan cómicamente el diámetro de sus ojos. Va acompañado de dos niñas de 11 o 12 años que podrían ser sus hijas, pero que quizás no lo sean. Acaso ese hombre esté en alguna lista de pedófilos más buscados del estado, pero yo no pienso preguntárselo, y las niñas parecen contentas saboreando un milkshake de chocolate mientras él las observa.

Al poco rato llega una pareja con gran alboroto. Están borrachos, se sientan a unos metros de mí en la barra y hablan varios decibelios por encima de los demás. Él tendrá unos cuarenta años, bastante bien llevados. El pelo engominado hacia atrás y una chupa de cuero, de cuyo bolsillo delantero sobresale un paquete de cigarrillos. Saca uno y se lo pone en la boca cuando la camarera le dice que no se puede fumar dentro del local. Él le contesta algo que no llego a entender y aquello le hace mucha gracia a su acompañante, una rubia de su misma edad y consumida como una yonqui, sus pómulos salientes como rocas pulidas en aquella cara pálida que no para de moverse hacia delante y atrás con cada carcajada, un mechón de pelo cayéndole lacio por la frente.

Whatever —murmura la camarera, marchándose a otro sitio de la barra. El guapito acaba encendiéndose el cigarrillo entre risas y le mete una mano por debajo de la falda a la rubia. Ahora veo claramente que es, o debe ser, una prostituta local encantada de tener un acompañante que le va a pagar las copas y los vicios durante la noche.

La situación me empieza a incomodar, al igual que el humo del cigarrillo. Me distraigo mirando por la ventana. En la otra acera hay una farmacia Walgreens. Su logotipo, que guarda cierta similitud con el de la Coca-Cola, confiere un tono rojizo a la acera. Ver todas esas franquicias de multinacionales (bancos, aseguradoras, farmacias, supermercados) en las calles principales de los pueblos de la América profunda te deja una intensa sensación de desasimiento. Sabes que las decisiones de esas compañías las toman tipos trajeados en gigantescas y acristaladas salas de reuniones de algún rascacielos de Manhattan o Los Angeles, muy lejos de esta soledad y esta tierra, y sin embargo has de acudir a ellas para adquirir ciertos productos. Esos símbolos aparecen como el sello de un conquistador que ha salpicado su impronta a lo largo y ancho del territorio y ahora requiere el diezmo para agrandar su palacio en la metrópoli.

Antes de que yo termine mi Coors, la pareja ya va por la segunda ronda de whisky. Comparten el cigarro y, cuando ella va a dar una calada, lo lame de forma provocativa mirando fijamente a su acompañante. Los he observado por demasiado rato y el hombre se dirige hacia mí intentando hacerme partícipe de su locura etílica. Yo aparto la mirada y me fijo en las varices que surcan las piernas blancuzcas de la camarera, que me dice que se llama Eileen y que no haga caso a los borrachos. El hombre de las gafas los mira muy serio e intenta dar conversación a las niñas para que no oigan las lindezas que están soltando.

Pido otro botellín de Coors y unas patatas fritas de bolsa. Por un extraño momento se hace el silencio en todas las conversaciones que tienen lugar allí dentro, y yo cometo el error de masticar la patata que me acabo de meter en la boca. El crujido resuena por encima de los anuncios de la televisión y reverbera por todo el local; siento clavarse en mi cabeza las miradas de los demás. La prostituta —o la que yo creo que es prostituta— se levanta y se dirige hacia mí tambaleándose ligeramente. Coge una patata del platito y se la mete en la boca mirándome como mira al otro cuando le da una calada al cigarro. Me mira como si en esa patata estuviera la esencia de mi sexualidad y ella fuese su dueña y tuviese el derecho y el deber de disfrutarla.

El engominado empieza a reír de nuevo a carcajadas y se reclina peligrosamente sobre su taburete. She is a fucking whore, isn´t she? dice. Ella vuelve junto a él y le saca la lengua cubierta de una masa de patata a medio masticar. El tipo le palmea el culo y es entonces cuando uno de los dos que están sentados al fondo parece haber perdido la paciencia. Se pone detrás de la pareja y les pide amablemente que bajen la voz. Es alto como un tronco y parece ser igual de duro; el hombre es sin duda el más mayor del local, pero tiene los brazos nervudos y curtidos como un pescador. Está en plena forma aunque junto a los tatuajes le asome un vello gris del cuello de la camiseta, en la que un descolorido caimán enseña los colmillos.

La camarera no ha dicho ni una palabra, pero ha salido de la barra y del propio bar. Puedo verla tras el cristal; ahora es ella quien se está fumando un cigarrillo frente a la entrada, dando la espalda a lo que pueda suceder aquí dentro, con los hombros encogidos y cruzada de brazos por el frío que empieza a asomar con la caída del sol.

El tamaño del justiciero no parece amilanar al engominado, quien mira sonriente a la mujer como si aquello formara parte de una obra de teatro que alguien hubiera preparado para su disfrute. Quien no parece divertirse es el señor Caimán —me gusta llamarlo así, por su camiseta y por su taimada actitud—, el cual mira por breves instantes a su amigo. En ese momento creo que le va a propinar un buen puñetazo al borracho, pero no lo hace. En su lugar levanta ligeramente su camiseta y muestra algo que apenas puedo ver desde mi posición. Me siento tentado a dejar sobre la barra el dinero que me han costado las cervezas y las patatas y a salir y desearle amablemente a la camarera que pase una buena noche, pero mi instinto curioso me lleva a inclinar la cabeza hasta que con sobresalto observo la negra empuñadura de una pistola que asoma de la cintura del pantalón de Caimán. Debí haberme marchado cuando tuve ocasión.

La palidez inunda la cara del guapo. Pide disculpas como buenamente puede y bajo la mirada de reprobación de la mujer, quien parece estar decepcionada con su falta de valentía.

Get the fuck out of here —dice el señor Caimán. La pareja se levanta de sus asientos y enfila la puerta. El amigo de Caimán, casi igual de alto que este pero de una constitución más gruesa, el pelo más largo y aún más tatuado, se levanta e intercepta al hombre cogiéndolo por un hombro. Le cachea el pantalón y los bolsillos de la chupa de cuero hasta que encuentra su cartera, saca de ella unos billetes, los pone sobre la barra con un sonoro golpetazo y vuelve a meterle la cartera en el bolsillo, dándole un par de palmaditas en el culo.

Una bocanada de aire frío se cuela por la puerta cuando el engominado y la prostituta la atraviesan cabizbajos. Se cruzan con la camarera, quien da una última calada al cigarro y vuelve a entrar. El señor Caimán y su amigo ya se encuentran de nuevo sentados, exactamente como lo estaban antes del amago de trifulca, como si absolutamente nada hubiese sucedido. No les tiembla ni un párpado. Vuelve el murmullo de la televisión a inundar las paredes del bar.

Ahora que me doy cuenta, ni el tipo de las gafas ni las niñas están allí. Han debido salir discretamente en pleno desarrollo de los acontecimientos. Al supuesto pedófilo no le interesa meterse en líos. Yo comparto un par de minutos más charlando con la camarera —quien tampoco parece impresionada por nada de lo sucedido— y decido marcharme de allí.

Definitivamente ha refrescado afuera. Me arrebujo en mi abrigo y camino sin rumbo por la avenida desierta. Una manzana más adelante, cruza un solitario coche de policía, con sus luces estroboscópicas a juego con las últimas luces del atardecer. Avanzo y me topo con varios locales de comida rápida medio vacíos. Una gigantesca, amarilla y redondeada «M» gobierna el paisaje desde lo alto de un poste, y más allá se adivina el límite de la ciudad, su horizonte recortado por árboles negros como espectros alzando sus nudosos brazos al cielo.

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