Un andar solitario por las calles de Cardiff

En ocasiones me gusta deambular por la ciudad, especialmente durante el invierno. Son las cinco de la tarde, la oscuridad es total y, como casi siempre en esta ciudad, esa oscuridad está acrecentada por un cielo plomizo que priva de cualquier atisbo de luz de luna; mirar hacia arriba es mirar a un color violáceo y uniforme del cual la vista se acaba cansando. Miro entonces hacia abajo; ha llovido hace unas horas y la calzada de las calles devuelve el reflejo granular de la luz de las farolas, más nítido allí donde se han formado pequeños charcos.

Un sábado por la tarde la ciudad bulle en el centro, especialmente cuando hay partido de rugby de la selección nacional, pero yo parto de Adamsdown, un barrio de sencillas casas adosadas que conforman largas calles cuyo nivel de descuido es total. Las viviendas tienen manchurrones de hollín, como si pertenecieran a ese pasado industrial británico que yace en el imaginario colectivo. La basura inunda las calles brumosas y húmedas, donde apenas hay papeleras, y el ambiente en general es sórdido. Es un lugar, además, bastante solitario para quien camina. Solo algún despistado coche o un solitario ciclista rompen el silencio de las calles. Hay postes con señales de tráfico donde permanecen atados, desde hace meses, desnudos cuadros de bicicletas. De cuando en cuando una esquina está iluminada por los carteles luminosos de una tienda veinticuatro horas donde quien te atiende, normalmente un tipo taciturno de raza árabe, apenas desvía la mirada de su pequeño televisor tras el mostrador.

El barrio confluye con una gran avenida, mejor iluminada, donde se sitúa uno de los altos muros de piedra de la prisión. Al parecer ahí dentro viven ochocientos hombres, casi todos encarcelados por delitos relacionados con las drogas; si hablan en sus celdas es algo que uno no puede saber desde la calle, donde solo se oye el murmullo de los coches. En la otra acera hay edificios variados, entre los que destaca un pequeño parque de bomberos, un cuartel militar y un almacén enorme tras el cual hay un callejón por el que no volveré a pasar: esta tarde me topé allí con un grupito de cinco adolescentes de piel lechosa, británicos de pura cepa, que andaban haciendo dios sabe qué y a los cuales, al parecer, les importunó bastante mi presencia, a juzgar por cómo me miraban de arriba abajo. Desde que llegué a este país, siempre me ha dado la sensación de que no hay nada más impredecible que un grupo de varones adolescentes en la oscuridad. Mi sensación de vulnerabilidad ha sido muy grande hasta que no me he alejado de ellos y he vuelto a una zona más iluminada.

No muy lejos hay un pequeño puente metálico sobre unas vías férreas llamado Smart Bridge y que me parece una obra de arte. Tiene unas escaleras bastante empinadas y, a un lado, una rampa helicoidal para bicicletas que a veces he transitado por puro aburrimiento. Desde lo alto del puente, provisto de pantallas antisuicidios, se observan los edificios más altos de la ciudad, el espectáculo nocturno de un Manhattan primigenio y low cost, como la constatación de que las ciudades humildes también merecen levantarse hacia el cielo.

Junto al puente hay una residencia universitaria de las muchas que han proliferado —y siguen haciéndolo— en Gales. Recuerdo mi etapa universitaria, en buena parte vivida en un edificio parecido a aquel, y creo que por eso se despierta mi lado más voyeur; siempre me quedo un rato observando a las ventanas desde lo alto del puente, esperando ver a una pareja desnuda, o con suerte en pleno acto sexual, ver a la chica descuidada que sale de la ducha con la toalla alrededor del pelo y los pechos al aire, o a ese grupo de imberbes que ríen y beben hasta el desmayo; en definitiva, anhelo que se filtre al exterior algo de esa juventud y locura de los veintipocos. Entreveo las estanterías decoradas con fotos, alguna pantalla de ordenador asomando, una tímida y lejana sombra que se mueve en las paredes, pero jamás he visto nada más y hoy no ha sido la excepción. La mayoría de esas habitaciones, reflexiono, están ocupadas por aburridas estudiantes japonesas que no suelen comunicarse con nadie y vagan por los alrededores de la universidad con las caras permanentemente iluminadas por sus dispositivos tecnológicos: móviles, tabletas y libros electrónicos; cualquier cosa que tenga una pantalla, al parecer, es más interesante que lo que les rodea. Estoy seguro de que quien años atrás se asomase a las ventanas de mi residencia vería cosas mucho más interesantes.

Muy pronto mis pasos me llevan a Lloyd George Avenue, larga avenida perteneciente a la expansión de Cardiff hacia la bahía, iniciada hace un par de décadas y que cambió para siempre el perfil de la ciudad. Me gusta caminar por esa calle y sin embargo se me hace interminable y monótona; me dedico a observar, con cierta envidia, los setos bulbosos que separan la calzada de la acera: aquí la vegetación es tan abundante y toda planta o árbol está tan cargada de hojas que los jardineros y arquitectos paisajistas pueden entretenerse en darles formas de todo tipo. A mi izquierda hay una hilera de edificios monótonos cuyas ventanas de planta baja son como un escaparate hacia la calle: en poco rato he visto el destartalado salón de una familia hindú sumida en el caos generado por un extraño juego de mesa, también a una joven entrada en carnes sujetando una copa de vino y bailoteando frente a un hombre aburrido, y por último a innumerables personas de toda edad y condición, solas o en compañía y cerveza en mano en el sofá, todas ellas con un aire concentrado y un tono verdoso proyectado sobre sus cuerpos, pues en los gigantescos televisores de cada hogar estaba sintonizado el rugby. Un niño encapuchado —me pregunto por qué tanta gente se oculta tras una capucha en las noches— sale de uno de esos portales y va canturreando una especie de rap. Un ratón, o una pequeña rata, atraviesa la acera y se pierde entre los setos.

La avenida desemboca inevitablemente en la plaza en honor a Roald Dah, escritor de Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda, entre otros libros. La plaza está gobernada por el gigantesco Millennium Centre, un centro de artes con aspecto de nave espacial. De hecho, todos los elementos de esa plaza parecen haber sido plantados desde el espacio: los cilindros de punta iluminada delimitando una nada de forma ovalada; la fuente, también cilíndrica y de gran altura, por la que se desliza una lámina de agua que adquiere colores cambiantes.

Sorprende que un lugar tan central esté tan vacío de contenido y de personas. La orilla de la bahía está en el extremo sur, enmarcada por otro edificio «extraterrestre», la Asamblea Nacional de Gales, un prisma de cristal y madera que guarda salas semienterradas donde se hace una política que ignoro por completo.

Bajo mis pies retumban unos escalones que me conducen casi al nivel del agua, y allí me encuentro frente a frente con las vistas de Penarth, un pueblo encaramado a una loma y asomado al fangoso Canal de Bristol. Desde la distancia y la noche, Penarth es como un faro desdoblado en su reflejo con el agua y formado por una miríada de lucecitas amarillas y blancas que conforman las casas de gente pudiente, sus calles también sumidas en el silencio de esta oscura tarde de noviembre.

Al observar lo que tengo más cerca me llevo una gran sorpresa: en los muelles de madera, construidos pocos metros por delante de mi posición, descansan cientos de gaviotas. Me quito los auriculares y escucho sus graznidos sordos, como arrullos torpes y confusos; la noche también les ha llegado de improviso. Un barquito rojo, tenuemente mecido por las aguas, contempla el espectáculo amarrado a uno de los muelles. No hay nadie más allí: el barco, las gaviotas y yo, una figura oscurecida y anónima. Y, de pronto, me da por palmear para ver la reacción de aquellas aves. Palmeo una y otra vez y echan a volar como si fueran fichas de un dominó inverso, gradualmente se van transmitiendo el estupor unas a otras y vuelan finalmente en desbandada, desorientadas y en todas direcciones hacia la nada. Y la belleza de esa imagen es puro regocijo, la belleza encontrada al final de un camino solitario y sin rumbo en la noche sin luna de una ciudad extranjera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s