Siete paradas

Me encontré a mi antigua novia en el metro un día gris de noviembre.

Llevaba más de diez años sin verla. La última vez que supe de ella fue por un amigo común, quien me dijo que efectivamente vivía en Madrid con su pareja y que trabajaba en una consultora.

Eran las siete de la tarde y un infinito campo de cabezas y cuerpos, de todos los tamaños y colores, se interponía entre ella y yo. El vaivén de los vagones sobre los raíles era como un oleaje mecánico en las entrañas de la ciudad y ella no dejaba de mirar la pantalla de su móvil.

Venía cansado y pensé que la vista podría estar traicionándome; entorné los ojos para enfocarla con más claridad y confirmé que se trataba de ella. ¿A qué distancia estaría de mí en aquel momento, tras tantos años? ¿Ocho metros, diez quizás? Su cara estaba ligeramente más carnosa y mucho más pálida. Lo mismo podría decirse de la mía. Solo podía ver la parte superior de su cuerpo, con un abrigo beige aún empapado del aguacero que caía allí arriba.

Aún me quedaban siete paradas para llegar a mi destino y ya sabía que no reuniría el valor suficiente —o quizás las ganas— de esquivar a las personas que se interponían entre los dos, plantarme delante de ella y simplemente saludarla. Me pregunté hacia dónde iría, si se bajaría antes que yo, acercándose peligrosamente a mí en su camino hacia la puerta, y ensayé un gesto de camuflaje mirando hacia el suelo. También me dio curiosidad por saber si todos los días subía en la misma línea para volver a casa o si, por el contrario, se disponía a visitar a algún amigo.

A seis paradas de casa, cuando parecía que en el vagón no cabía ni un alfiler, aún consiguieron subirse diez personas más. La humedad de sus ropas y de sus cabellos y el calor que desprendían tras haber corrido por los andenes se propagaba en el aire ya viciado. Me parecía un milagro que alguien sonriera allí dentro, como lo hacían dos señoras con bolsas de la compra. Entre aquel paisaje de rostros anónimos, el de ella era uno más, solo uno más, pálido, cansado, sin desviar la mirada de su teléfono. Ni siquiera se sintió alertada por esa intuición de quien se siente observado. Durante años esa cara estuvo permanentemente impresa en mis neuronas. Sus facciones eran lo primero que venía a mi mente al despertar y también lo último antes de dormir, y sin embargo ahora podía mirarla, casi estudiarla, con absoluta indiferencia. Esto me pareció enormemente triste.

Solo me faltaban cinco paradas y el aire allí dentro me resultaba irrespirable. Me dieron ganas de comunicarme telepáticamente con ella sin revelarle que estaba allí. Le hubiera lanzado reproches tristones: «quién nos iba a decir a ti y a mí que acabaríamos en esta ciudad, nosotros que siempre hablábamos de vivir en el campo entre animales. Mírate, toda mojada, ese abrigo caro va a estar maloliente en cuanto salgas de aquí». Un idiota larguirucho, con unos auriculares por los que se filtraba hacia fuera una música estridente, me restregó su mochila por la cabeza y a punto estuvo de tirarme las gafas.

Era un alivio pensar que ya quedaban solo cuatro paradas. Era uno de esos días en los que uno sale de trabajar tan cansado que apenas puede pensar en nada más, solo en la cama. Volví a mirarla y, casi sin querer, comparé aquella tarde con una tarde cualquiera de cuando estábamos juntos, de cuando teníamos veinte años. Estudiábamos la misma carrera y faltábamos juntos a clase. Me colaba en su residencia y hacíamos el amor cuatro, cinco, seis veces. No nos cansábamos. Nos dábamos un respiro viendo alguna serie, su portátil caliente en nuestro regazo, sobre las sábanas. Después recorríamos las calles de Granada y le prometíamos amor eterno a la ciudad, y consumábamos ese amor en cualquier esquina.

Ese mismo año se mudó a un piso de estudiantes y se hizo más cómodo ir a visitarla. Sus dos compañeras de piso eran vírgenes y, cada vez que follábamos y se nos escapaba algún gemido, yo pensaba que ellas lo escuchaban estremecidas, como quien se asoma a un abismo.

A tres paradas me dio por pensar en la pequeña piscina comunitaria que tenía aquel piso. Era una piscina ridículamente alargada, de no más de cuatro metros de ancho por quince de largo, pero cumplía con creces su función. Abría a mediados de mayo y no había mejor manera de refrescarse después de una tarde de estudio, de sexo, o de ambos. Un vecino siempre nos afeaba que nos besáramos cuando estábamos en el agua. «Hay niños delante», decía. Yo creo que en realidad no podía soportar nuestra juventud, nuestra energía, nuestro descaro. Le gustaría haber estado donde yo estaba, agarrando por la cintura un cuerpo terso y joven, haciendo reír a una preciosidad en la flor de la vida. Yo mismo, día tras día, me estoy convirtiendo en ese vecino. En eso consiste envejecer.

Era la penúltima parada antes de mi destino y el vagón se había vaciado, pero aún había la suficiente gente como para que mi mirada no se topara con la suya. Creo que en aquel momento fui dolorosamente consciente de que jamás volvería a tener veinte años. Digan lo que digan, la vida se va convirtiendo en un proceso de inmovilización en todos los sentidos; los sueños y las articulaciones y las risas y la autenticidad y la energía: todo se va encasquillando por igual. Yo había compartido lo mejor de mi vida con aquella mujer y ahora la observaba como quien mira al paisaje negro tras las ventanas del metro y esa era la viva demostración de que nos morimos por dentro.

Me dieron ganas de correr hacia ella y lanzarle mi advertencia: «te estás muriendo, nos estamos muriendo, estuvimos más vivos que nunca los dos juntos y ya jamás volveremos a sentir lo mismo». El tren ya iniciaba su frenado hacia mi parada. ¿A dónde iría ella? Madrid se volvía más peligrosa un par de paradas más hacia el oeste. Las puertas se abrieron y mientras enfilaba la salida me vino a la cabeza una de las conversaciones que solíamos tener: «eres muy nostálgico», me decía. Yo le respondía que no, que solo echaba de menos la despreocupación de ser un chaval, de dedicarme a jugar, a disfrutar, de no tener que preocuparme por exámenes ni trabajos ni —bromeaba— métodos anticonceptivos.

El vagón se cerró detrás de mí y reanudó su marcha. Después de ese día jamás me la volví a encontrar. Ese es el motivo por el cual doy muchas vueltas a lo que sucedió esos cinco segundos en que me dio tiempo a darme la vuelta y mirar hacia dentro antes de que el tren desapareciera de la estación: sin moverse un milímetro, con el móvil agarrado con ambas manos, levantó la vista de la pantalla exactamente hacia mí. El vagón estaba tan iluminado y aquella parada tan oscura y gris que probablemente ella solo estuviese viendo su propio reflejo. Pero tras sus ojos estaba escondida aquella chica que yo conocí y, al igual que yo, creo que estaba pidiendo el auxilio imposible de volver atrás en el tiempo.

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