Contraste

Se llamaba Emma y le eché el ojo desde el primer día que entró en la empresa.

Estaba recién salida de la carrera, tenía veinticuatro años y entró en aquella oficina de cuarentones como si fuera un viento fresco. No sé qué pudo ver en mí, ni tampoco recuerdo la primera conversación que tuvimos, pero el caso es que cada día compartíamos más ratos de café hasta que una vez —cuando llevaba solo un mes en la empresa— aceptó mi propuesta de almorzar juntos, lo cual se convirtió en una costumbre.

No paraba de preguntarme sobre un máster de Estrategias de Marketing que yo había cursado hacía unos años y que ella planeaba empezar, pero la hora y media de los almuerzos daba para mucho, y muy pronto nos deslizamos hacia conversaciones más personales. Yo le conté que tenía mujer y dos niños —mi anillo de casado era, de todos modos, una muestra evidente de aquello— y ella me reveló que tenía novio pero la relación no marchaba demasiado bien.

No trabajábamos en el mismo departamento, pero yo le enseñaba las triquiñuelas de la empresa, le indicaba de quién podía fiarse y a quién era más conveniente evitar. La llevaba a restaurantes algo más refinados —y aun así asequibles— que uno encuentra en el centro de Madrid solo tras años y años trabajando en la zona, joyas ocultas que iban más allá de un simple menú del día y donde evitábamos juntarnos con otros seres aburridamente trajeados como nosotros.

Me pregunto qué pudo ver en mí y jamás dejaré de preguntármelo. Si uno nos veía caminando juntos por la calle, éramos la viva definición del contraste. Ella representaba la cúspide de la belleza femenina y yo el decaimiento del adulto de mediana edad. Emma vestía elegantes faldas que estilizaban unas piernas interminables y tersas sobre los tacones a juego. Su pelo castaño ondeaba grácilmente a cada paso. Su hilera de dientes perlados dibujaba una línea de perfección dentro del caos urbano. A mis cuarenta y dos años, casi la doblándola en edad, yo veía retroceder a diario mi línea frontal del cabello; huecos y falta de densidad donde se entreveían insospechadas manchas: la lenta e inexorable conversión de la cabeza de uno en calavera. Los trajes cada vez me quedaban peor, con esa forma estrecha de hombros y ancha de caderas que heredé de mi madre.

Mi posición tampoco era de las más altas en la empresa. Siempre me faltó ambición. Solo tenía a cinco personas a mi cargo mientras que algún treintañero —ni que decir tiene que mucho más atractivo que yo— ya estaba en un tris de convertirse en socio.

Todo ello conformaba una gran incógnita difícil de resolver, pero por cómo me miraba, el tono en el que me hablaba y la forma en que reía ante cualquier cosa que se me ocurriera, quedó claro que ella había visto algo en mí. Y, si alguien se pregunta qué había visto yo en ella, creo que quedó claro en lo que ya he dicho hasta ahora: belleza, juventud, frescura. A un hombre en la madurez el tiempo se le escapa entre las manos, y una de las formas de retenerlo es agarrarse a aquello que florece. Al llegar a casa, yo me disolvía en un matrimonio que continuaba por mera inercia —que levante la mano quien no vea el suyo de esta forma— y en la atención a unos niños preadolescentes a los que cada día tenía la impresión de conocer menos. Emma hacía que tuviese ganas de despertarme cada mañana, de enfrentarme al monumental atasco y de llegar a la oficina.

La primera vez que follamos fue un viernes en que, después del trabajo, salimos a tomar unas copas con otros compañeros. Bebimos mucho y mandé un mensaje a mi mujer diciendo que había jaleo en la oficina y llegaría tarde. Emma y yo nos conocíamos desde hacía tres meses, pero por entonces ya teníamos nuestro propio lenguaje, nuestros chascarrillos y códigos, como si fuéramos amigos de toda la vida. Recuerdo las miradas del resto, sorprendidos —y quizá envidiosos— ante tal alarde de confianza. No sé cuántos bares de La Latina recorrimos, pero sí sé que los compañeros iban marchándose y que acabamos solos, Emma y yo, en un garito de mala muerte, oscuro y con la barra pintarrajeada con mensajes de rotulador fluorescente que en mi estado de ebriedad se revelaban indescifrables.

Sonaba una canción de Fito y un barbudo con un pañuelo en la cabeza no paraba de mirarla. Emma me agarró de la corbata floja, intentó dar conmigo un par de torpes pasos de baile y después me besó. Vi acercarse su cara y su boca como en una ensoñación azul y púrpura —las luces de aquel bar— y entonces, dentro de la centrifugadora del alcohol, sentí mi corazón dar un vuelco y pensé absurdamente en el barbudo y en la envidia que debía estar experimentando en aquel instante en que yo había rejuvenecido veinte años y la besaba como si el mundo se fuese a acabar.

No me separaba de sus labios. La besaba y no me importaba que me viese algún conocido o amigo de mi mujer. No pensaba en ella ni en mi matrimonio ni en mis hijos ni en mi hipoteca ni en el puto colegio bilingüe ni en la dieta del aguacate ni en las vacaciones en Mallorca. Pensaba en la lengua de Emma retorciéndose en torno a la mía como en una extraña danza o acaso un encantamiento, la serpiente bajo mis pantalones irguiéndose fruto de su magia. Ni recordaba lo que era besar. Lo que de verdad era besar.

Nos magreamos mutuamente, apoyándonos en las paredes de aquel local sucio como dos adolescentes. Pensé en meterla en los baños, subirle la falda y metérsela allí mismo, de forma salvaje. En lugar de eso, Emma tiró de mi chaqueta arrugada y me condujo hasta la salida. Bendije las calles de Madrid y a cada grupo de anónimos beodos que se cruzaban con nosotros y bendije al azar de la gran ciudad y a ir de la mano de Emma a no sé dónde. Nos besamos en cada esquina. Nos destrozamos las bocas apoyados en cada pilar de los soportales oscuros de la Plaza Mayor, como una pareja de desquiciados que fuesen a evaporarse con la llegada de un nuevo día.

Emma meó entre dos coches y yo hice lo propio sobre la persiana metálica de un local. Caminamos sin rumbo por la ciudad hasta que la empujé dócilmente hacia el interior de una pensión de la calle de Atocha. Aquel era el típico lugar de mala muerte donde putas callejeras se la chupan a viciosos sexagenarios y a tipos extraños y solitarios; no era lugar para Emma —quizás sí lo era para alguien como yo—, pero allí teníamos lo que en aquel momento necesitábamos: una cama y un poco de intimidad.

Creo que la contemplación de su cuerpo en aquella habitación, el saber que iba a penetrarla en aquel mismo instante, fue lo más delicioso que había experimentado jamás. Ella se puso de rodillas sobre la cama y arqueó la espalda invitándome a entrar entre sus piernas. Ella me follaba, ella movía sus nalgas arriba y abajo y se contorneaba para que este viejo borracho no tuviera que moverse, ella notó cómo mi explosión estaba próxima y la condujo con una de sus manos hábiles hacia sus muslos.

Nos quedamos dormidos sobre aquella cama de sábanas cuarteadas junto a una ventana por la que se filtraban por igual el ruido de los coches y de los borrachos de camino a casa y las luces amarillentas de la ciudad. Ya eran las cuatro de la mañana. Nos vestimos aún ebrios y mareados, y nos aseamos en el pequeño lavabo que incluía la habitación. Tenía restos de pintalabios por toda la cara; parecía un joker vencido, mucho después de los títulos de crédito. Todo mi cuerpo y mi ropa olían al coño joven de Emma. En la pantalla de mi móvil había infinidad de mensajes de mi mujer.

Cogí un taxi y llegué a casa cerca de las cinco. Directamente guardé el traje y la camisa en una bolsa para el tinte, me fui al baño del pasillo y me di una larga y silenciosa ducha. Mi mujer me esperaba medio dormida, con esa tensión nacida del instinto femenino cuando este indica que algo no marcha bien. Tengo la teoría de que todas las mujeres saben a la perfección cuando sus maridos les son infieles, desde la primera noche, pero muchas lo dejan pasar y viven con ello como se vive con lo inevitable.

Al día siguiente me levanté tarde y simplemente dije que me había quedado de copas con unos compañeros celebrando el final de un proyecto. No me preguntó más. Me llevé a mis hijos al parque y jugué al fútbol con ellos. Aquel sábado lo hice todo bajo los efectos de una profunda resaca y con las pituitarias aún rebosantes del olor a Emma. Había un ligero remordimiento, pero pesaba mucho más el recuerdo vago de su trasero, de sus pechos balanceándose hacia delante y atrás, de aquellas piernas abiertas a cada lado de mi cuerpo.

Aquel había sido el primero de toda una serie de encuentros. Los conté. Fueron doce. Hacía mucho tiempo que no me daba por contar algo. Para mi familia, jamás había trabajado tantas horas extra; para mi jefe, nunca había tenido tanto interés en marcharme en cuanto daban las seis.

Emma y yo quedábamos en anónimos hoteles de las afueras; algunos de ellos se pagaban por horas y estaban hechos para gente en nuestras circunstancias. No me cansaba de su cuerpo. A veces, durante la mañana, me mandaba mensajes al correo de la empresa contándome lo que iba a hacerme. Otras veces, ya en el hotel, se metía en el baño y salía sorprendiéndome con minúsculos conjuntos de lencería. Cuando al fin lo hacíamos yo ya la había follado mentalmente cientos o miles de veces. Mi cuerpo era incapaz de llegar allí donde mi mente la hubiera llevado; la hubiera follado hasta secarme por completo, hasta ser una momia en erección.

—He dejado a mi novio —me dijo una tarde, aún desnuda después de haberlo hecho tres veces, la cama mojada en un abundante charco de flujo vaginal.

—¿Eso significa algo? —pregunté como un idiota.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a si piensas que hay algo que debería cambiar entre nosotros.

Ella se rio y en aquella risa detecté algo que jamás había visto en ella: cinismo, sentimiento de superioridad, quizás algo de maldad.

—Madrid es muy grande —dijo—, y hay demasiada gente por conocer y cosas por hacer.

Yo era un idiota y un pobre diablo, pero supe que a aquello le quedaba muy poca vida.

Después de esa tarde quedamos en un par de ocasiones más, y la noté desganada. La pasión lo ocultaba todo, la pasión era algo que me arrastraba a un lugar nuevo donde no existía nada más, un estado de exaltación del espíritu y la carne. Algunos días llegaba a casa con ganas, casi instintivas, de contarle a mi mujer la serie de polvos que acababa de echar. Sin pasión, con aquella desidia de Emma, la mentira se destapaba. Me veía, como desde fuera, metiéndole la polla a aquella veinteañera en absurdas e irreales escenas en hoteles asépticos, inventando una retahíla de excusas, haciendo malabares con la ropa y el coche y el teléfono. Tenía incluso mi «bolsa de follar», que no era otra cosa que una bolsa de deporte con una muda de ropa —que era la que me ponía cuando estaba con Emma en los hoteles—, un frasco de colonia y otro de gel, pasta de dientes y un cepillo.

—Mira que intento ir al gimnasio —le decía a mi mujer cuando me veía aparecer con la bolsa—, pero con tanto trabajo es imposible.

Follamos por última vez un jueves. Calculo que ella llevaba casi medio año en la empresa y en mi vida. Me ilusioné como un bobo cuando, como en un espejismo, me dijo que quizás podríamos hacer algo un fin de semana, los dos solos. Mi mente se puso a trabajar buscando una coartada para la familia, inventando mil y un congresos ficticios a los que acudir. Así pasé hasta el lunes, día en que ella simplemente comenzó a evitarme a toda costa. Ni café, ni almuerzo, ni mensajes.

«Dime cuándo nos vemos. ¿Mañana por la tarde?», le escribí por el correo de la empresa. «No puedo», contestó. «¿Cuándo entonces?», insistí. Y ella: «Te he dicho que no puedo».

Uno, por mucho que esté envejeciendo y esté cansado y sea un mentiroso y un ser despreciable, tiene su orgullo. Y no volví a insistirle más, guardando el íntimo deseo de que esto la hiciera volver a hablarme.

En lugar de ello volví a verla por la zona del café, pero le dio por hablar con dos becarios, menores que ella, altos como troncos. La imaginé en alguno de los hoteles donde había estado conmigo haciendo un trío con aquellos dos tipos veinteañeros agarrándola fuerte y haciéndola gemir y moverse como yo no había conseguido hacerlo, y durante unos días me torturé con aquella imagen.

Pero la consumación de la pérdida vino hace poco menos de un mes. Era domingo y me llevé a la familia a una pizzería junto a la Plaza de Colón. Comimos en abundancia y alargamos los postres. Llevaba tiempo sin hablar relajadamente con mis hijos, y mi mujer los miraba orgullosos, de esa forma en que las madres miran a veces a sus hijos, como sin creerse que hubieran salido de ella. Cuando nos fuimos de allí, la tarde ya declinaba en ese tono rosáceo y melancólico que la ciudad acoge como parte de su propia naturaleza.

Y justo al arrancar el coche vi a Emma caminando sobre misma acera, agarrada del brazo de un tal Carlos, uno de esos treintañeros triunfadores de la oficina. No le conozco muy bien y sé que no es el tipo más guapo del mundo, pero admito que tiene cierto carisma. Aquella tarde Emma se reía espasmódicamente, como si fuese a orinarse encima, con algo que Carlos había dicho, y él mantenía la compostura y la llevaba, la guiaba hacia algún lugar, y yo sabía que con Emma todos los lugares conducían al delicioso hueco entre sus piernas. Se perdieron por el retrovisor y no pude evitar mirar su trasero como un viejo verde que jamás volvería a tocar uno igual.

—¿Qué te pasa? —me preguntó mi mujer. Mis hijos jugaban silenciosamente con sus móviles en el asiento trasero.

—Nada, ¿por?

—Te has puesto muy pálido por un momento.

—Había notado un ruido raro en el motor. Pero seguro que no es nada —dije.

—Eso espero.

Después conduje a casa en silencio. Daban fútbol por la radio. Mis hijos ensimismados, sus caras iluminadas por las pantallas. Mi mujer, pensativa y absorta, mirando por la ventanilla. Emma, muy joven, más joven que nunca, desnuda sobre una cama sin nombre mientras se encendían las luces de Madrid.

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