Ser libre

Este es el plan: coger los ahorros, dejar el trabajo y dedicarme durante un año exclusivamente a vivir. Y a escribir.

Escoger una ciudad cualquiera de tamaño medio, irme a vivir con lo puesto a una pensión de mala muerte de diez euros la noche y gastar lo justo en comida y más de lo recomendable en alcohol. El borracho de la habitación contigua gastándose la pensión con una prostituta sexagenaria. Sentir el temblor de ese coito torpe en mi teclado.

Perder la noción del tiempo, olvidarme de cuándo termina la noche y empieza el día. Que den las nueve de la mañana y la mujer de la limpieza me sorprenda despierto, en ropa interior y fumando delante del portátil o simplemente mirando al techo o por la ventana, reflexionando y sonriendo. Escuchar sus historias sobre lugares lejanos mientras me pide que levante los pies para que pueda pasar la fregona.

Ir a un bar cualquiera de cualquier barrio y empaparme de la mediocridad de aquel tipo gordo que lleva casi diez años en paro y gasta lo que no tiene en vino peleón, carajillos, algún puro, y desde su sórdido púlpito da lecciones de cómo debería funcionar la sociedad.

Recorrer al anochecer los polígonos industriales y en general aquellas zonas donde la ciudad deja de serlo y se funde con el vacío, el abandono, olvidadas vías de tren rodeadas de maleza y de alimañas, donde de vez en cuando un enfermo mental camina sin rumbo y se pierde en la negrura buscando el suicidio en el choque de un tren que nunca llega.

Caminar ya de anochecida por los lugares más sórdidos de la ciudad y de los pueblos circundantes. Clubs donde chicas del este empiezan a sonreír solo cuando ven indicios de que llevas dinero en el bolsillo. Agarrar a dos de ellas y llevarlas a la habitación más cara, con un jacuzzi medio roto que expulsa agua turbia. Obligarlas a montárselo entre ellas mientras yo me masturbo y bebo a grandes sorbos de una botella de ron barato. Que me despierten absolutamente destrozado en cualquier cama de cualquier lugar.

Asomarme a los bajos fondos, allí donde viven quienes no tienen careta, allí donde la realidad se mueve por instintos y se destapa la violencia. Ser finalmente un pobre diablo sin nada que perder.

Regresar a la pensión y escribir sobre todo lo vivido durante el tiempo que quiera, sin agobios, sin horario, sin rumbo. Tumbarme en el camastro y leer a los grandes sabiendo que todo lo que hago ya alguien lo hizo antes y mejor, pero aun así seguir como un idiota, y llegar al punto y final de mi relato con la boba satisfacción de haber sido libre.

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