Cientos de marzos

Lo dejamos un mes de enero y en marzo ya la había olvidado.

La relación había durado siete años y se acabó de puro agotamiento. Nos habíamos querido tanto y tan intensamente que aquello que alimentaba lo que sentíamos el uno por el otro se fue agotando y fuimos dolorosamente conscientes de ello.

Siempre pensamos que el paso de la pasión a la rutina era para otros. Que ese fuego era tan potente que jamás podría extinguirse. Que no iban a cambiar esos polvos en cualquier sitio por tardes de sofá y pijama. Pero todo acabó llegando y fue como una traición a nosotros mismos que no pudimos soportar.

Por todo lo vivido y por cómo terminó la relación, pacíficamente y de mutuo acuerdo, pensé que tardaría en olvidar a la que hasta ahora había sido la mujer de mi vida. Había estado con ella de los veintidós a los veintinueve, es decir, con ella viví la transformación de un joven ingenuo en un hombre maduro. Ella formaba parte de mi ser, se había fundido con lo que yo era y pensaba. Sin embargo, pasados dos meses la había olvidado.

Me dediqué a experimentar aquello que había estado envidiando en los últimos tiempos: la soltería. Comencé a juntarme con amigos en la misma situación y pasé algunas de las mejores noches que recordaba: diversión, risas, poder coquetear y entablar conversaciones de todo tipo con las mujeres que me rodeaban. Ellas detectaban que yo no era un “cazador” como los demás, sino que aún guardaba cierta sensibilidad y formas que solo da la convivencia con una mujer. En cierto modo, me veían como a un ser vulnerable, como a un recién llegado al mundo de la noche y el flirteo, y muchas se ofrecían a ser mi guía o a darme la bienvenida a dicho mundo. Yo conseguía despertar algo diferente en ellas.

Como todo, aquella vulnerabilidad que a la vez era mi magia, se acabó diluyendo y fui un soltero como los demás, ávido de nuevas experiencias, y cuando digo experiencias me refiero a nuevos cuerpos que desnudar, nuevos gemidos que descubrir, nuevas anécdotas que compartir con los demás.

Pasé todo aquel verano tan ocupado en redescubrirme y en pasarlo bien que no tuve tiempo de pensar. Creí que aquella nueva vida era lo que necesitaba y que no me importaría estar así el tiempo que fuese.

Llegó octubre y, como cada sábado, quedé con unos amigos a tomar unas cervezas como calentamiento a lo que la noche deparara más tarde. El local estaba a reventar pero nosotros más silenciosos que de costumbre. Parecía que el cielo, donde se arremolinaban densas nubes de forma inesperada, nos hubiese contagiado algo de inquietud. Nos bebimos unas cuantas rondas y, ya bastante ebrios y muy entrada la noche, decidimos movernos a otro local.

La calle estaba llena de grupos como el nuestro. Hombres y mujeres jóvenes dispuestos a pasarlo bien, a reír, quizás a dormir en una cama ajena con un acompañante aún desconocido. Esa sensación me encantaba, me parecía que aquello era lo mejor de no tener pareja; para mí era como estar en un mercado gigantesco en el que puedes acceder a lo que desees siempre que demuestres la habilidad necesaria y tengas suficiente suerte. Aun así, aquella noche algo se interponía entre aquella sensación y yo, y es que el verano había terminado definitivamente. Hacía frío por primera vez en meses y nadie parecía preparado para ello.

No llevábamos ni cinco minutos andando cuando la lluvia empezó a caer con más fuerza de lo que jamás habíamos vivido.

La gente empezó a correr y a intentar resguardarse en vano. Las gotas caían a rachas horizontales y soplaba un viento helado. Los aleros de los edificios, bajo los que intentábamos caminar, no ofrecían protección alguna. Muy pronto, mirara a quien mirase estaba mojado hasta el tuétano.

Me vi a mí mismo con mis vaqueros pegados a la piel húmeda y mis pies arrancando el sonido de un beso cada vez que los movía en los zapatos. Ropa interior a través de vestidos de los que ni se podía adivinar el color. Melenas cayendo oscurecidas y casi sólidas tapando caras incrédulas que gritaban o apremiaban o reían por no llorar. Gente intentando parar un taxi o entrar en algún garito donde ya no cabía ni un alfiler. Bajo la lluvia aquello se me reveló como un circo absurdo.

Y de pronto la recordé a ella. Por primera vez sentí la soledad. Mi resguardo ya no era ella, ¿quién sería el suyo? Pensé en tantas cosas a la vez que el corazón me dio un vuelco. Cada una de las millones de gotas de lluvia reflejaban la luz de la calle y me pregunté si ella era una de aquellas chicas que ahora corrían torpemente hacia cualquier sitio con el vestido mojado y los tacones en la mano. Quise saber en qué sitios había estado, si me había echado de menos, si había pensado en mí. Finalmente me torturé pensando en su risa ante algún tipo al que no ponía cara; una habitación y una cama anónimas en el crucigrama nocturno de la ciudad. Ella caliente y transpirando bajo unas sábanas desconocidas mientras yo me mojaba mirando el sucio espectáculo.

La dolorosa sensación de echar de menos.

Entonces recordé aquel mes de enero en que todo terminó, y supe que pasarían cientos de marzos antes de olvidarla.

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